Cuando las mañanas de vaquillas del Pilar estuvieron a punto de no existir
Por Javier Muñoz ·

Esta semana en Zaragoza se habla de una ausencia: después de 20 años, Aragón TV no retransmitirá las mañanas de vaquillas de las Fiestas del Pilar. Y lo hace justo cuando se cumplen 45 años de las primeras, celebradas en 1981. Hoy cuesta pensar en el Pilar sin ellas, pero lo que pocos recuerdan es que estuvieron a punto de no existir.
El impulsor del festejo fue José María Arnillas, “el Artillero”, un mote que heredó de su bisabuelo, al que llamaban así “por una cosa de guerra que tiraba con el cañón”. Pasó a su abuelo, a su padre y por último a él. Ganadero desde 1968, hoy está al frente de La Rebomba y, a sus 75 años, sigue yendo todos los días a la finca. Más de cuatro décadas después, recuerda cómo una idea que encontró tantas resistencias acabó convirtiéndose en tradición.

Fue en 1980 cuando estaba previsto celebrar las primeras mañanas de vaquillas en la plaza de la Misericordia. “Un día que jamás olvidaré”, define Arnillas a lo que sucedió aquella primera mañana. Relata que a las 7:30, con las vacas ya metidas en los corrales y todo listo, llegaba un comunicado: el gobernador civil de entonces, Francisco Laina, ordenaba a la policía desalojar. Había dado el permiso y se echó atrás. El Artillero todavía hoy no entiende qué pudo pasar para tomar tan drástica decisión, y nadie le explicó los motivos. Los presidentes de las peñas, congregados en la entrada de la plaza, estaban igual de sorprendidos. “Hubo una carga de los grises. La gente llegó a quemar las puertas de la plaza de toros, le pegaron fuego. Y hubo que mediar, ya que querían ir a comisaría. Más de 20 mil personas fueron a la residencia del Gobernador. Tuvieron que intervenir políticamente”.
Al año siguiente se logró, gracias a contactos de José María que convencieron al Gobernador y a pesar de la negativa del núcleo duro del mundo taurino. Le decían que la plaza de toros de Zaragoza no podía caer tan bajo, que solo estaba para las corridas y que aquello era más chabacano, más populachero. “Muchos taurinos con los que tenía muy buena amistad me volvían la cara al principio”.
Para entender el triunfo de lo que vino después hay que saber de dónde se venía. En Aragón siempre ha habido tradición de vaquillas, pero que las vacas que se corrían en los pueblos pudieran correrse por primera vez en la plaza de toros era una auténtica locura. O así lo veían entonces. Y ganaderías había muy pocas: “La situación era casi nula en los 80. Ganadero no podía ser cualquiera, ya que el ganado valía mucho dinero. En los años 80 en Aragón solamente había la mitad de la mitad de las que hay ahora”. Por eso, rememora con una sonrisa y voz orgullosa el Artillero, “a Zaragoza no podía venir cualquier ganadería: era como la Champions de la ganadería, y toda España quería venir”.
Aquel primer año fue un éxito tremendo, algo que nadie se esperaba, ni el propio Arnillas, que se ríe al recordarlo. Todos los reporteros de España se pegaban por cubrirlo porque era algo totalmente nuevo. “La vaquilla solo se lograba ver cuando embestía a la gente, y hasta hubo quien se subió al tejado, que por aquella época todavía estaba abierto”, comenta. Fueron 3 o 4 días de vaquillas, todos gratuitos. Al segundo año ya se pusieron entradas a 200 pesetas.
Guarda, además, una anécdota que muy poca gente conoce: ese primer año le llamaron a la orden porque se produjeron más de 147 cornadas en una sola mañana. “Fue muy fuerte y me dijeron que intentara hacer algo para embolarlas como en Pamplona. Entonces fabriqué los manguitos de goma y un amigo mío, ingeniero industrial, me hizo un molde. A los dos años ya las echamos emboladas”.
Y el impacto fue más allá de la plaza: “Nadie valora luego lo que a la ciudad de Zaragoza le metimos a la hostelería, a los hoteles, a los pequeños autónomos. A mí me contó una vez un hostelero que en esa semana de festejos sacaban el dinero que no conseguían sacar en todo el año. Ya no solo ellos, para todos los aledaños de la plaza de toros fue un boom”.
Hoy, a José María le gustaría que, cuando leamos o escuchemos los nombres de Arnillas, Artillero o Rebomba, la gente sepa que detrás hay una historia que no puede caer en el olvido.